7 de agosto
6 semillas de melón
Chris Keilman es escritor y copywriter y en sus notes comparte piezas de artistas de arte en píxeles que va encontrando en sus inmersiones por la red. Tengo muchas de estas piezas guardadas y hoy os traigo una de mis favoritas: A white deer in an abandoned tennis court (Un ciervo blanco en una pista de tenis abandonada) de Romain Courtois que nos viene al pelo para la propuesta del día.
Escribe sobre un encuentro inesperado con una criatura fuera de lo común.
¡Nos leemos!
Semillas de melón es una sección temporal en la que cada día iré lanzando una idea de escritura. Me encantaría que os animaseis a compartir lo que os surja, ya sea en comentarios o en vuestros propias notas o textos de Substack. Yo también compartiré alguna de las cosas que vaya escribiendo.
Si no quieres perderte ninguna semilla de melón, dale al botón.




Buen día! gracias por las propuestas y el espacio.
Hoy puedo participar así que escribí algo:
Bebía en el arroyo, lo vi con su cabeza entregada a la corriente fresca. Creí que era un caballo, pero era demasiado blanco. A medida que me acercaba, su brillo se hacía insoportable, oprimía mi corazón. Levantó sus ojos equinos y me dijo, sin relinchar: «soy un sueño triste». Mis ojos se llenaron de lágrimas, la luz me encandilaba y me pareció ver desde esa neblina que sacudía sus crines y galopaba río arriba. Cuando mis ojos se secaron, ya había desaparecido y no fui tras sus pasos. Seguí mi camino.
Influenciada por Oliverio Girondo y por Leonora Carrington (que es una de mis lecturas de este último tiempo, siempre hay caballos en sus textos)
Saludos!
Los ojos alargados casi hasta la sien, de un color verde como de breva tierna.
Los ojos hablaban antes que la boca, gesticulaban con deseo de hacerse entender.
Y yo los entendí.
Se marcharon por donde habían venido, de vuelta a las profundidades, dejándome sola en el lago.
Cuando era pequeña, veníamos todos los veranos. Los mayores de la urbanización, contaban historias de ovnis que se posaban sobre el lago y que, con los rayos de su nave, removían las aguas. Un día, salió en el periódico de Zamora el extraño avistamiento por un lugareño.
Yo me tapaba los oídos con las dos manos. No quería escuchar, no quería saber. Jaime me los destapaba y me gritaba ovnis ovnis ovnis.
Golpearon muy fuerte en la puerta de casa. Mi madre, que ya se sujetaba con bastón, se acercó con lentitud. Yo me asomé por la ventaba. El cielo estaba gris, muy gris para mediados de junio. Parecía niebla. Era Ambrosio, el vecino:
—Nos desalojan. El incendio de Ferreras viene paquí. Coged cuatro cosas que nos vamos.
Los ojos no me habían mentido.