mi romance virtual
¿una relación tóxica?
Fue prácticamente un amor a primera vista o, mejor dicho, amor en la primera conexión. Podría citar aquí la letra de cierta canción de finales de los noventa y arruinarte lo que queda de día, quizá la semana entera, porque se te quedaría pegada como un chicle en el asfalto caliente, pero no voy a hacerlo, al menos de momento.
Mis primeros recuerdos de internet están relacionados con el estudio. Teníamos un profesor al que le interesaban estas cosas y nos enseñó cómo encontrar papers en la red. La red entonces para mí era poco más que un lugar donde encontrar artículos, o al menos yo no sabía cómo encontrar otras cosas. Era una página blanca con listas de hipervínculos azules. Me conectaba desde la sala de ordenadores de la facultad porque en mi casa no había ordenador. (No echéis cuentas, fui una niña prodigio.)
Poco después, no sé ni cómo, descubrí un chat que estaba alojado en la Universidad Politécnica de Cataluña: el famoso Nescafib. Entrabas allí y encontrabas una pantalla blanca con una especie de mapa con varias salas y los nombres de las personas conectadas en cada sitio. No sé con cuánta gente hablaría en aquellas conexiones. Ni siquiera recuerdo cuál era mi nick. Pero allí conocí a algunas personas que pasaron algún tiempo en mi vida, incluso alguna con la que aún tengo contacto.
Luego todo fue muy rápido, o eso me parece. La velocidad de conexión comenzaba a permitir visualizar imágenes (veías cómo se iban revelando línea a línea). Hotmail fue mi primer correo (y el de todo el mundo, Terra todavía no existía). Recuerdo hackearle la cuenta a un ex que se portó como el culo, imagina cuánta seguridad. Seguía conectándome a chats, ya en otros sitios que ni recuerdo. No tenía conexión en casa, para eso estaban los cibercafés adonde ibas a pasar el rato navegando, consultando el correo, chateando, descargándote fotos o consultando ofertas de trabajo. Recuerdo especialmente uno al que iba con frecuencia que estaba en la calle Embajadores, un sitio que parecía un pub, pero que tenía pantallas y teclados que usabas desde un taburete alto.
Recuerdo esto y tengo la sensación de que iba todo tan deprisa que no sabría decir cuándo una cosa dio paso a la siguiente. Del cibercafé pasamos a tener conexión en casa y también en el trabajo, ahí descubrí los blogs (cuántas horas leyendo a otras) y ya después vino Facebook, la primera red social que hoy está tan anticuada que da un poco de vergüenza asomarse a ella.

Creo que desde el principio estuve enamorada de este medio que me ha permitido aprender multitud de cosas, conocer a muchísima gente, descubrir cosas curiosas, obsesionarme con temas que, de no ser por la red, nunca hubieran estado a mi alcance.
Sin embargo, paso muchísimo tiempo conectada y a veces eso me preocupa. Otras veces pienso que no es tan malo si lo lo que estoy haciendo es leer a otras, documentarme, investigar, escribir u otras cosas que considero “útiles”. Mi punto débil es Instagram. Entro un momento y al rato ya no sé cuánto tiempo llevo ahí. Lo que más me preocupa es quedarme enganchada cada día al scrolling vacío de vídeos cortos. ¿Cuántos vídeos de perros y gatos haciendo trastadas puedo ver? ¿Cuántas recetas puedo guardar que nunca volveré a mirar? ¿Cuántos estiramientos, ejercicios para prevenir el envejecimiento cerebral, rutinas de suelo pélvico o de relajación que nunca voy a hacer? ¿Cuántos trucos útiles olvido veinte segundos después? Cada día me castigo pensando cuántas cosas podría haber hecho en ese tiempo desperdiciado.
Luego está la idea perversa de que hay que estar ahí porque si no estás no existes. Yo pongo todo mi empeño en existir continuamente y además hacerlo de forma que atraiga a mi “audiencia” pero no solo, también tengo que atraer a gente nueva, para que venga me mire, le interese y entonces… Entonces ¿qué? Ahí es cuando (a veces) me rallo del todo. Me pregunto si de verdad alguien va a comprar mis libros, contratarme como traductora o apuntarse a mis talleres por lo que subo a Instagram, una red cuyo contenido está basado en la imagen, no en la palabra. Y es cuando me da ganas de mandar este romance tóxico a tomar viento.
Pero me aferro a la idea de que internet tiene más cosas buenas que malas, más que nada porque necesito creerlo. Ahora dicen que internet está muerto. Que hay tal cantidad de contenido generado por inteligencias artificiales y bots, en los que la interacción y las “ideas” están dominados por algoritmos (que además solo quieren incitarnos a consumir o al odio), que lo que antes eran relaciones humanas a través de una red ahora son conversaciones máquina-máquina.
Tengo la esperanza rebelde de encontrar resquicios, ya sean lugares en la red o modos de comunicarnos en ella, que sigan siendo contactos entre personas donde hay lugar para la conversación, el debate, la sorpresa y el aprendizaje. No todas tenemos que estar de acuerdo en todo y eso es lo fantástico, tenemos los medios y las ganas para hablar y descubrir otras visiones sin necesidad de que todo sea blanco o negro, conmigo o contra mí, odio visceral o devoción ciega. Quizás en algún rincón de la red la vida esté brotando de nuevo.






Caí en el click bait del título. Creí que era una historia de amor online. Como You've got mail (la peli) o algo así. :) Gracias, ahora sé que esas historias me enganchan
Gracias